Para
mucha gente que tiene el hábito de leer (tal vez “mucha gente” sea una
hipérbole cuando se aplica la expresión a los hábitos lectores españoles), es
siempre una ruleta el ir a ver una película basada en un libro. Si el libro se
ha leído antes, se pasa uno la peli buscando similitudes, diferencias y
comparaciones entre lo imaginado y lo visto. Si es al revés y viene la peli
antes que el libro, inevitablemente el cerebro recurrirá a las imágenes que
recuerda, limitando de algún modo la experiencia imaginativa que es el deleite
de todo lector que se precie. Sin entrar en las similitudes y diferencias entre
una historia escrita y una filmada, y cómo las experimentamos, lo más habitual
es que en la comparación salga ganando la experiencia literaria frente a la
peli. Digo que es lo normal, no siempre. También ocurre que algunas veces la
experiencia es simplemente distinta: es una buena peli, y es un buen libro,
independientemente de que uno se base en el otro, las similitudes y diferencias
en la historia o la calidad técnica. Lo que me da una idea: tal vez un día
debería escribir un post sobre pelis que, en mi humilde opinión, están a la
altura de los libros…. O simplemente escribir un post estaría bien de cuando en
cuando.
Bueno,
al turrón, dejémonos de pedanterías. Vengo a hablaros de De Ratones y Hombres, una película y una novela que me han
encantado, cada una por su lado. Es más, es extraño decirlo pero no recuerdo si
leí antes el libro o vi la peli, pues llevaba un tiempo detrás de ambas. Pero
lo que sí que recuerdo es que ambos me entusiasmaron.
